Las niñas del gueto (2005)

lodz

 

(Avui fa 70 anys de l’alliberament del camp d’extermini d’Auschwitz. Ho aprofito per recuperar aquest article que vaig publicar a La Vanguardia fa exactament 10 anys, el gener de 2005)

Brindamos a la gente lo que quiere ver, dicen ciertos gurús de la televisión. El problema de tan altruista actitud es que lo que que- remos ver no siempre es lo que queremos ver. Me explico: queremos verlo, y a la vez no queremos, pero no podemos dejar de verlo, porque una oscura y desatada fuerza interior nos impulsa; esa fuerza –el morbo– nos habilita para disfrutar del sufrimiento, para contemplar lo que nos repugna y escandalizarnos después. El morbo no sólo da alas a la telebasura, sino también a las estampas del horror: las ejecuciones sumarias en Iraq, el desconsuelo de las víctimas del tsunami, etcétera.

En estos días en los que se conmemora la liberación de Auschwitz, además, el morbo no nos permite eludir las pavorosas imágenes del holocausto judío, el cenit del horror. El genocidio a escala industrial, ejecutado por la Alemania nazi con estremecedora eficacia, nos ha proporcionado un escalofriante legado gráfico. Tengo que admitir que ante esta demostración de barbarie me siento esclavizado por el morbo. Es decir, siento el irrefrenable impulso de ver una y otra vez esas imágenes de pesadilla, que me provocan auténtico sufrimiento, me aturden y me paralizan. Algo hay aquí de masoquismo, pero también de madurez; responde a la necesidad de encarar el mal absoluto, asumir que hombres como nosotros alcanzaron esos niveles de crueldad que, sin la ayuda del soporte gráfico, calificaríamos de inimaginables.

Hace algún tiempo vi un documental sobre el gueto de Varsovia, con la gente muriendo en las calles, literalmente. En una secuencia aparecían dos niñas famélicas, sentadas en el bordillo, desfallecidas; una estaba medio desmayada, a punto de perder el conocimiento, y la otra, acaso su hermana, la sacudía con cara de pánico, para hacerla volver en sí, para no quedarse sola. No consigo apartar de mi mente estas imágenes, incluso sueño con ellas. Y cuando vuelven a programar un documental sobre el holocausto, lo veo, pero atenazado por el miedo a volver a encontrarme con esa horripilante escena. A menudo me pregunto qué fue de esas dos niñas polacas, aunque temo conocer la respuesta. Pero no imaginan cuánto desearía –un deseo intenso, que es casi un rezo laico– que un milagro salvara a esas niñas, que un ángel de la guarda, quizá el mismo que grabó su agonía, las rescatara de la muerte en las frías calles del gueto.

Puede que el holocausto judío no sea la peor masacre de la historia. Pero es tan reciente, tan lacerante; y pasó tan cerca, en países civilizados, mientras la gente normal tomaba el aperitivo en terrazas como las nuestras… Es lo más tremendo del nazismo: nos hace preguntar si la misma diabólica semilla que germinó en tantos hombres como nosotros podría dar fruto también en nuestro seno.

Auschwitz marca un límite, un techo. Como especie, podemos llegar a mucho, podemos alcanzar grandes objetivos y sublimar la realidad con espléndidas obras de arte, pero siempre seremos los de Auschwitz, las mentes capaces de concebir la matanza diaria, fría, indiscriminada. Este estigma nos acompañará siempre. Aún podemos, sin embargo, dar gracias por los testimonios y las imágenes, y también, por qué no, dar gracias por el morbo, que nos impide dar la espalda al horror, y mirar el dolor de las víctimas cara a cara.